PARADIGMA21

Miércoles 21 Octubre 2020

El Gobierno de Pedro Sánchez cumple 100 días en el poder repletos de contradicciones, meteduras de pata, golpes de efecto mediáticos y subsumiendo a lo que queda de España tras la socialdemocracia del Partido Popular en una nueva crisis social y política.

Sanchez y Torra en la Moncloa

Desde que el 2 de junio el nuevo Gobierno de Pedro Sánchez jurara el cargo sin la Biblia ni el crucifijo, era de prever que las decisiones que tomaría nada más empezar estarían enfocadas a llamar la atención mediática más que a surgir efecto en el bienestar de la población. Y así ha sido, al menos por ahora.

Meses llevamos ya escuchando que los restos de Francisco Franco serían trasladados, más como medida electoral y como cortina de humo que una medida necesaria para “el cambio” que tanto proclaman. Al final, mediante Decreto Ley y obviando los deseos de la familia y los pasos necesarios para acometer dicha acción, el Gobierno ha tomado el camino largo. Ya ha cumplido con su base electoral y ha crispado un poco más los ya calientes humos de una sociedad harta de actos hacia la galería sin que ningún político o partido del amplio arco parlamentario decida tomar al toro por los cuernos y acometer las reformas necesarias que necesita el país.

Las “caras bonitas” de los ministros -o ministras si nos doblegamos a ese ‘lenguaje inclusivo’ que tanto desea Carmen Calvo– solo han servido para despistar a los medios de comunicación. ¿Qué podría salir mal con un astronauta como Pedro Duque, un experimentado político como Josep Borrell y una ‘celebrity’ televisiva como Màxim Huerta? Con Pedro Duque pasamos en un mes de una pésima educación pública a una excelente por gracia divina, Borrell fue quien pidió a los ciudadanos que no gritaran “como las turbas del imperio romano” al clamar justicia (es decir, prisión) para los traidores y secesionistas en las manifestaciones a favor de la unidad de España en Barcelona y Huerta tuvo que dimitir a los seis días de llegar al Ministerio de Cultura por haber mentido al fisco. Las nubes ya avecinaban tormenta.

Desde entonces, la obsesión de la(s) izquierda(s) ha sido atacar de nuevo a la esencia de España y a los españoles que son en quienes reposa la soberanía del pueblo.

De un gobierno apoyado por separatistas, filoterroristas y un largo etcétera poco o nada bueno para el conjunto de los españoles se podía esperar, y así ha sido. Nada más llegar al poder, Sánchez volvió al statu quo previo a la semi aplicación del 155 en Cataluña con la consecuente reactivación del proceso de ruptura y un nuevo desafío de la Generalidad al gobierno central en toda regla (recordemos que por presiones de Quim Torra, Sánchez destituyó a Pedro Morenés, embajador en Estados Unidos).

En Vascongadas más de lo mismo: a favor del acercamiento de etarras encarcelados y de la “normalización” de la situación en el territorio. Desde el PSOE argumentan que es “necesario pasar página” con ETA pero al mismo tiempo ven urgente el reabrir heridas de la Guerra Civil en muchos casos cicatrizadas. Contradicciones ‘made in PSOE’.

La recepción del Aquarius y las oleadas incesantes de invasores en nuestras fronteras agrediendo a nuestras fuerzas de seguridad han sido unas de las muchas gotas que han colmado el vaso de la paciencia. El hartazgo es evidente. La presión fiscal a los autónomos y a las clases medias (o lo que queda de ellas) que servirá, entre otras cosas, para pagar la sanidad universal a inmigrantes ilegales, sean del color que sean, es un suicidio económico para el país. Si a esto le sumamos el coste de lasComunidades Autónomas, la sobredimensionada clase política, los desafíos de gobiernos regionales como el catalán, etc. poco o nada queda para el bienestar de una población nacional tratada con desprecio por sus propios dirigentes.

La izquierda española no está capacitada para dar ninguna lección de moralidad, en especial el partido socialista, partícipe de algunas de las mayores atrocidades cometidas durante el periodo de la II República y la guerra de 1936 a 1939. Los que ahora pretenden hacernos creer que son el cambio, son los mismos que se aliaron para acabar con la democracia durante la última República antes del 18 de julio, no lo olvidemos.

La diferencia entre la opinión pública y la opinión publicada

Si atendemos a algunos medios de comunicación, entre los que incluyo a la ya podemita RTVE, algún espectador podría creerse que la sociedad está a gusto con lo que está ocurriendo, pero nada más lejos de la realidad.

Según una reciente encuesta de GAD3 para ABC, dos tercios de los españoles suspenden al Gobierno de Sánchez en su conjunto y en especial en los temas relacionados con política exterior, inmigración, pensiones, economía y empleo.

De la supuesta euforia inicial por el cambio de Gobierno afirmada por el CIS, se ha pasado a un cierto descrédito y tanto PSOE como PP empatarían con 106 escaños. La victoria de Pablo Casado en las primarias populares ha revertido levemente la balanza, pero la desconfianza del electorado con los viejos partidos y los que supuestamente iban a acabar con el bipartidismo es evidente. Podemos ahora quiere llevarse bien con Sánchez porque de esa relación depende en gran medida su futuro. Ciudadanos, fiel a su liberalismo a ultranza, no sabe a qué árbol arrimarse ni qué tecla tocar ya que lo que dice hoy lo niega mañana. Sea como sea, su posicionamiento es bastante firme. VOX es el que más ventaja puede sacar de este río revuelto y su entrada en el Parlamento parece ser más que segura en las próximas elecciones. Su voto, sorprendentemente, no solo es de votantes del PP y de Ciudadanos, sino también de socialistas cansados de la falta de sentido de Estado de la izquierda y de políticas como la ideología de género o el apoyo a la inmigración masiva.

Sea como sea, el PSOE no va a convocar elecciones generales a no ser que le fallen los presupuestos y no parece que así vaya a ocurrir por la luna de miel que vive con Podemos. Sánchez pretende acabar la legislatura y plantear un “proyecto para 2030” con el que perpetuar al partido en el poder.

Aún nos queda socialismo para rato.