PARADIGMA21

Domingo 16 Mayo 2021

Estos días ha tomado especial relevancia la entrevista que el magnate Bill Gates concedió y en la que se aventuraba a sugerir que las naciones ricas deberían modificar sus hábitos de consumo y abandonar la carne para sustituirla por otras alternativas como la carne sintética que poco a poco van diseñando, corrigiendo y perfeccionando. De tal manera, se plantearía el escenario en el que la carne convencional fuese cambiada por dos bienes sustitutivos que rocen la perfección en la preferencia del consumidor.

Estos dos bienes sustitutivos serían tanto la simulación proteica de carne por vegetales (la tan de moda comida sustitutiva vegana). La otra alternativa para la sustitución de la carne natural sería la sintética, la carne artificial que procede de células madre o bien de células reproducidas in vitro después usadas para la construcción de tejidos animales.

Pretendía anticiparme y tratar de desdibujar la temática de este hilo de artículos sobre el Gran Reseteo para que el lector pudiera ver que hay elementos económicos y financieros que mostraban que lejos de ser una conspiración de las que confunden, es una realidad. Sin embargo, ha sido el premier canadiense Trudeau quien lo afirma, por lo que se me han adelantado.

Volviendo de ayudar en una parroquia de mi Córdoba natal, desde donde se está haciendo una labor encomiable para atender al drama social surgido como consecuencia de la crisis desatada por la pandemia, me encontré con el mensaje de un amigo que me cuestionaba respecto a un tema que había levantado polémica al chocar diferentes opiniones. De ahí este artículo, con el ánimo de sentar bases de cara a la definición (o actualización) de ciertas ideas.

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Así, la pregunta en cuestión versaba sobre el papel del Estado a la hora de intervenir el mercado de arrendamientos urbanos, es decir, si el Estado debía o no intervenir para evitar que se cobrasen o no los alquileres. Esta polémica surge con fuerza en una situación crítica en la que cientos de negocios han tenido que cerrar y familias enteras se han quedado sin sus principales vías de ingresos.

La realidad sociológica que vivimos en Occidente respecto al Derecho es el iuspositivismo. Es decir, el ciudadano obedece la ley por ser ley, no por ser justa. Se produce una separación absoluta de la moral y la ley, de manera que hay actos que, aun siendo moralmente deplorables, veremos que se deben aceptar. El resultado pudiera ser, incluso, en el peor de los casos, que obrar moralmente estuviera prohibido; y, además, socialmente rechazado gracias a la subversión cultural.

Agenda2030

Por vaivenes políticos y de tertulianos mañaneros, en más de una ocasión ha salido a relucir el concepto de batalla cultural en los últimos meses. ¿Acaso nuestros dirigentes se preocupaban por la divulgación de las maravillas que surgieron durante el Siglo de Oro, por ejemplo? Nada más lejos de la realidad: hacían referencia al uso político de la cultura como herramienta para imponer la hegemonía cultural de Gramsci. Es decir, usar la cultura como arma política para someter al adversario.

Hace unos meses se arrojó como propuesta de solución para la crisis desatada por el Covid19 los llamados bonos perpetuos. Quien lo propuso fue el magnate especulador George Soros, siendo alabado por todo el espectro político que abarca desde el centro hasta la izquierda más indómita, ofreciendo como válida y legítima (si no la mejor) solución a los problemas de financiación de los países.

Recientemente, en una entrevista concedida a El País, el fundador de Open Society Foundations volvía a hacer campaña por los bonos perpetuos, explicando de manera abierta y descaradamente sesgada el mecanismo del bono a perpetuidad. Así, trató de dar a conocer dicho instrumento financiero de la siguiente manera: