PARADIGMA21

Lunes 5 Diciembre 2022

He amanecido un sábado tras dar un par de vueltas en la cama y observar que eran las 10 am. Fuera, todo sigue igual desde que se decretó el estado de alarma. Se ha instalado en el día a día la calma, la pausa. Acostumbrado al ritmo frenético de Madrid, donde diariamente amanezco a las 6 de la mañana para finalizar la jornada en torno a las 11 de la noche, esta situación no deja de ser para mí algo extraño e incluso ajeno.

Times Square, ‘corazón’ de Nueva York, vacío. © Matthew McDermott / Contacto

Times Square, ‘corazón’ de Nueva York, vacío. © Matthew McDermott / Contacto

Hace casi un par de años salí de Córdoba rumbo al otro lado del Atlántico con mil planes en la cabeza y el entusiasmo por desarrollar un futuro que cada vez veía más en mis manos. Sin embargo, estando confinado en la serranía de la ciudad del Gran Capitán, no puedo evitar preguntarme el por qué. ¿Por qué ha tenido que llegar este virus? Y más allá de la causa, trato de vislumbrar la finalidad que el mismo trae a nuestras vidas.

Estábamos inmersos en un mundo cuya tónica permanente ha sido el movimiento, el no parar. La Meca de Occidente era Nueva York, la ciudad que nunca duerme. La ciudad que nunca para. Recuerdo estar a medianoche en Time Square. Aún puedo verme reducido a mero insecto, sumergido en una corriente de caminantes sin rumbo, sobrepasado y atraído por una avalancha de carteles luminosos. Recuerdo Manhattan como un cuadriculado laberinto de calles brillantes que osaban desafiar la noche. Sí, aún veo su empeño tenaz por prolongar la luz, por prolongar los días. Jamás pude imaginar Nueva York vacía.

Gracias al esfuerzo de mis padres y a que Dios se lo ha concedido, me recojo cada día en el jardín y repito la misma ceremonia: me siento en mitad del césped, mientras mi perro reclama algo de atención, para proceder a escuchar al silencio. Sí, escuchar al silencio y sus maravillas. Y cada vez me sorprendo más al poder distinguir el cántico de los pájaros, la melodía de un mundo al que estábamos ignorando por la vorágine productivista y consumista que nos arrastraba, a mí el primero, hasta que el virus oriental entró en nuestras vidas.

Vivimos una tragedia sanitaria: centenares de muertos, miles de contagiados, hospitales desbordados. Además, suenan ecos de futuros desastres económicos. Sin embargo, no puedo dejar de buscarle la trascendencia a este microscópico enemigo que nos desafía. Soberbios y arrogantes nos hemos vuelto en el siglo XXI, pensamos que la tecnología nos sitúa por encima de todo. La falacia nietzscheana del superhombre se había convertido en nuestro subconsciente, en un dogma de fe, en un nuevo credo. Tanto es así, que ha tenido que llegar un diminuto ser para recordarnos qué vulnerables somos. Se nos había olvidado y tal vez fuese precisamente por esa falta de silencio.

Cuando en Madrid deambulaba de casa al trabajo y de allí a la escuela para finalmente volver al punto de partida, siempre iba con los auriculares enviando estímulos permanentes a mi cerebro en forma de música de todo color. Ahora, en confinamiento, esa misma música ha quedado marginada en una esquina de mi habitación para ser sustituida por el silencio. Jamás imaginé cuán sanador puede llegar a ser.

Quién sabe, tal vez realmente estemos en un estado de pausa, en un estado de calma. Mientras nuestros profesionales se desloman por salvar vidas, quién sabe si lo que precisamente pueda ayudar a las nuestras sea la tranquilidad. Alarmante era ver cómo nos reducíamos a una existencia que nos iba arrastrando en rutinas tan absorbentes que nos hacía ser ciegos. Porque sí, reconozcámoslo, no podíamos ver. Ni sentir. Ni apreciar. Porque hemos tenido que ser aislados para darnos cuenta de qué falta nos hacemos. Porque ha debido llegar el silencio para hablarnos y hacernos ver qué es lo que de verdad importa. Ahora que la maquinaria de la fábrica se ha frenado en seco, tenemos una ocasión única para mirarnos frente al espejo y ser más conscientes que nunca de la importancia de aquello que añoramos. Tras aguantar largas sesiones de silencio, noto en mí el bello sentimiento de la esperanza. Sí, tengo esperanza. No por salir de esta crisis sanitaria, de la que saldremos juntos (como siempre hemos hecho en momentos de dificultad); sino porque espero que la quietud nos ayude a saber darle el cariño e importancia debida a las cosas, a la gente, a los lugares. Porque esa misma quietud puede acercarnos a Dios. Sí, soy irremediable e irrenunciablemente católico. Por ese motivo, veo en esta especial cuaresma que el desierto del siglo XXI es la pausa, la calma. Esa misma que nos hace más humildes y nos coloca a cada uno en nuestro sitio. Una calma que es, ante todo, justa.

recurso correo postalAquí, en la sierra de la ciudad que acogió a filósofos como Séneca o escritores como Góngora, llegará pronto la noche y, junto a ella, podré hacer algo de lo que Madrid me privaba: ver las estrellas. Todo ello tras haber cenado con quien me lo ha dado todo: mi familia. Me iré a dormir, pero con las persianas levantadas, pudiendo contemplar un cielo oscuro y no iluminado por farolas. Me sentiré un afortunado y daré las gracias. Antes de cerrar los ojos me pasarán por la mente todos mis amigos y demás personas que me importan. Sonreiré al traer recuerdos de días que no sé cuándo podrán repetirse. También vendrán a mi mente aquéllos que luchan por su vida mientras yo escribo y tú, lector, lees. La desdicha de nuestro confinamiento nos hace afortunados. No lo olvidemos.

Tal vez el mundo necesitaba ver Nueva York vacía. Tal vez lo que necesitábamos era un estado de calma.